La Internet y los otakus

Y ahora, don Panda decide comentar la vida y milagros de la gente que usa la red de redes. ¡Vaya, si será hipócrita el “chateador” este!

Supongo que alguno de los asiduos lectores de esta humilde e incomprendida página habrán tenido alguna ocasión de usar una cabina de Internet. Y de seguro se dirán a qué viene esa pregunta. Bueno, sólo aprovecho la oportunidad para hablar precisamente sobre este tema, la Internet. Sin duda recordarán (muchos de uste­des) lo que era poder usar este servicio antes. En ese tiempo (hablo de 4 años atrás, más o menos), encontrar locales que se prestaran para la “novedad” era difícil y, más aún por la falta de competencia, estaban centraliza­dos en lugares privilegiados y con precios como para que no se envicie uno en el caprichito.
Hoy en día, en cambio, puedes encontrarlos en todos lados, y me extrañaría que no hubiera por lo menos cinco en tu barrio. Esta proliferación ha sido tan rápida que no ha dado tregua a la adaptación. Prueba de ello es hallarlos en los sitios más improvisados e inverosí­miles; un día es tu pollería favorita (en donde ya habías enamorado a la mesera para que te de una “pierna” extra) y al siguiente es una base de comunicaciones del tío Bill Gates 98. Y no menosprecies un antiguo local de pompas fúnebres, que también es sitio ideal para una cabina (claro, si no te molestan los Poltergeist mientras navegas). Aunque los más graciosos son los café-net, cuyo su gancho es servirte un buen café caliente, cuando en la calle puede haber tal temperatura que quien se siente en la vereda dolorosa­men­te… pierde.

Esta gran red sirve para casi todo: acudes en ayuda de un trabajo, le anun­cias al mundo que existes o simplemente pasas el rato. Este “pasar el rato” involucra varias cosas como el “chate­o” (muy popular hoy en día). Si me lo pregun­tan, es una de las formas de per­der el tiempo más adictivas que hay. Si te pones a pensar un momento, te darías cuenta de lo absurdo que parece. Pien­sa: llegas, te conectas y empiezas a “conversar” con una persona “X” en un sitio posiblemente muy lejano. A esa misma per­so­na te diriges como si fuera un amigo de hace muchos años, contán­dole tus intimidades después de tan sólo unos minutos de charla. Al final, sigue siendo alguien a quien nunca has visto y en la mayoría de los casos nunca verás (porque algunos creen que así se acaba el encanto). Para entrar a los llamados “”rooms”, primero es obliga­torio el uso de un seudónimo o Nick. Aunque no lo creas, ese seudónimo que siempre usas dice mucho de lo que eres o lo que quieres ser, y das la posibilidad de dejar a tu oscura personalidad dar un paseo por el par­que de la irrealidad. Por ejemplo, si visitas la zona Manga y Anime, de seguro vas a poner “SSJ3”, “Bulmgetto”, “Aburatsubo Senpai” o “A.P.M.P (adicto a Pokémon, mátenme por favor)”, etc. Otros escogen “A que no me atrapas” , “El cáncer del amor”, “No tengo Nick” , “Adictas al asunto” y demás. No es secreto que en el chat uno puede hacer lo que quiera y decir lo que le plazca, sin consecuencias más allá de que te respon­dan igualmente, pero con más “ares” al terminar la frase. Por ejemplo, algunos hinchas de Dragón Ball liberan su agresividad en el chat, en donde pelean entre ellos, lanzándose sendos ataques y estruendosas Genki­damas. Uno avisa que está atacando y el otro le respon­de que lo ha podido esquivar “con dificultad” o lacóni­ca­mente le manifiesta: -Me diste maldito, estoy murien­do. Trunks, cuida a tu madre, aaah…-. Y no faltan ese miserable grupillo de energúmenos que, aprovechando que ignoras quiénes son, se dedican a proferir mil y un insultos a quien sea, y te recuerdan por puro gusto hasta a una prima-hermana que hace tiempo no veías. Una de las últimas tendencias del Chat son los noviaz­gos virtuales. Me explico: son parejas que, después de haberse conocido un buen tiempo chateando (entién­dase gastando sus buenos soles en la maquinita) termi­nan una relación de amistad de 300 horas, dos marato­nes y veinte colgadas de red, en noviazgo e incluso, si sus padres, amigos y malvadas hermanas gemelas no se interponen, hasta el matrimonio. Y no es cualquier matrimonio; invitan a todos su amigos que frecuentan la sala con ellos y también a todo el mundo, hasta al que no tiene vela en el entierro. A mí me llegaron varios (literalmente hablando), inclusive de segundos matrimo­nios. Crean para la ceremonia su propio room y el cura, un amigo en común, se encarga de dar la aprobación, mayormente con el título de “Gran Boda de Lorenzo con Pepita”. Me he enterado de que estas uniones terminan cuando tales parejas cometen el error, después de algún tiempo de casados, de querer conocerse. Concretan una cita en un buen lugar y se visten con sus mejores atuen­dos para la especial ocasión… Ocasión que termina irremediablemente en divorcio cuando se llevan la gran sorpresa (por lo menos uno de ellos) de que el otro también se llama Fernando.

Pero si en algún momento llegaras a entablar una conversación inteligente (entiéndase con un tema en común), es definitivo que en el transcurso del tiempo cambies tus propias realidades, con mentirillas a preguntas como qué edad tienes, qué estudias o si trabajas, eres adorador de Satanás, etc. Claro, la otra persona tendrá que aceptarlas como verdaderas, sin preocuparle de que pueden estar viéndole la cara de tonto (ya que él podría hacerte lo mismo). Sin embargo, algunos ya se pasan en la mentiras. El otro jura que es rubio natural, tiene ojos azules y sus antepasados eran alemanes (cuando es más autóctono que la cancha), o también que tiene 17 añitos (cuando su mamá pudo ser el primer amor de Belaunde), que mide metro ochenta (cuando lo confunden a cada rato como niño perdido). Las chicas se expresan como si fueran unas “femme fatale”, todas desinhibidas ellas (cuando en el colegio las eligieron Miss Halloween por contumacia o Betty la Fea del sexto piso, favorita para Miss Moticuco de todo el cole). Otro se cree argentino diciendo que es de la tierra gaucha y sólo come churrasco y bife (cuando el che puede estar chateando en una cabina de San Juan de Lurigancho comiendo su menú de a sol). Algunos se pavonean de que son unos perfectos “latin lovers” (cuando sólo borrachos pueden sacar a bailar a su prima). Incluso, hay quienes dicen ser hombres de mundo (cuando aún le piden permiso a su mamá para una fiesta al frente de su casa). En fin.

Y claro, están “las que dicen que son” y no son. Juro que esto nunca me ha pasado ni me volverá a pasar.

Claro, todo esto se cumple si encuentras a alguien -a quien no se le ocurrió otra forma de dilapidar su dinero- que se digne a responderte. Antes de esto (la primera hora por lo menos) tienes que soportar por un tiempo barbaridad y media. Entras todo bacán y anuncias tu llegada con un “Hola”, y todos en mancha te responden “Adiós”, “Muérete”, “Ya llegó otro tarado”, entre otras cosas aun peores. Pero un día, tuviste suerte; entras a una sala con 30 personas y ninguna te responde mal; es más, no te dicen nada y así se quedan durante varias horas. Pero como todo tiene su límite, después de esperar un tiempo razonable (hora u hora y media), tratas de romper el hielo: -Hola, ¿hay alguien ahí? Responda quien sea, quiero chatear con alguien. No hablen en secreto… ¡Dios mío, no me ignoren por favor, ahahah!-. En resumen, el chat es popular porque puedes ser y hacer lo que quieras… Y ahí está el chiste .
Por el momento dejamos aquí este recuento de mis aventur… de las aventuras de alguien más, que no conozco (y que no es el editor de esta revista). El próximo mes terminaré de contarles todas las cosas que me han pasad… que me han contado. ¡Sayonara! (¿o era sandalia?)

Pd. Al Panda le gustó mucho la película de Utena y por eso este mes lo tenemos disfrazado de Anthy. Sólo esperamos que ahora no le dé por andar “ligero de ropa”, en patineta y por toda la Av. Javier Prado. Se puede resfriar…

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