Los socios del Club (1)

El Panda de Versalles
El Panda de Versalles

¡Y volvió el Panda! Más rajón que nunca, más fijón que siempre. Y a pedido del público, vuelve a “comentar” acerca de los socios de Club SUGOI.

Dije que lo haría, y lo estoy haciendo. Les presento otra forma de explotar nuestros defectos al límite del suicidio. A estos compatriotas los he podido observar deambulando tanto por las instalaciones del club, como fuera de ellas:

El estereoafónico: la música es su vida, el pop japonés su credo. Miembro honorífico de la New Age, busca calmar su necesidad de cariño con la música a todo volumen y se realiza tarareando su canción favorita. Lo encontrarás en todo momento, incluso en los más íntimos, con un Walk Man o un Disc Man en la mano. Los psicólogos opinan que, aparte de desprenderse así de su cruel realidad, el mismo acto de colocarse los audífonos tiene para ellos un significado casi místico, pues también le permite entrar en un nirvana musical. Esto les hace olvidar el hambre, las guerras y de que deben al club más de cinco mensualidades, por lo que nadie sabe cómo diablos se está colando. Y cuando usan los D.M. con pila baja son brutales, ya que con cualquier movimiento se desconfigura la maquinita y por lo tanto tienen que estar en un equilibrio cero. “¡No me muevas, que se apaga!”, “camino despacio, no tengo apuro”, “cuidado, hay una grada”, “mientras no haya temblor, no hay problema”.

Los Moonies: es la otra forma clínica de decir “muerte cerebral”, “estado catatónico” o “vegetancia ambulante”. Es una palabra coloquial que describe la ineficacia absoluta del cerebro para proferir palabras coherentes. Más contagiosa que la verruga o la uta (y de síntomas más horribles), es la maldición de los profesionales de la salud, ya que ningún libro de patología los preparó para esto.
– ¿Cómo está mi hijo, doctor?
– Lo siento, su estado es delicado. Tendrá que decidir: o lo salvo de perder un pulmón, un riñón y parte de su hígado, o lo salvo de ser… un moonie.
-Bueno, él no usa mucho su riñón, aparte que el aire está muy contaminado en Lima…
– Mmm… ¿Me los puedo llevar en un frasco como recuerdo?
-Claro. Trato hecho, destrípelo nomás, doctor.

Los que forman clubes: son subsociedades dentro de otra subsociedad. Entre ellos tenemos a:
a) Los Three Light Hysteric Fans Multi Club: admiradoras en su mayoría (aunque nunca falta uno que otro traidor) de un trío de ambiguos personajes que pasaron, como jugando, la capa de ozono, los radares norteamericanos y la termósfera (última capa de la atmósfera) con sus más de mil grados centígrados (¿será por eso que están quemados/as?). Hicieron todo un viajecito, pasando galaxias enteras, meteoritos, luchando con zentradis a brazo limpio (y choreándole de seguro su tabla al “Silver Surfer”) para encontrar a “su” princesa, por razones no muy claras todavía. Pero viéndolos/as vestir sadomasoquistamente (con látigo, esposas y uno de esos adefesios a pilas), no me es muy difícil adivinar los motivos por los que la buscan.
b) Club de la Rosa: conformado por los que practican esgrima y usan a sus amiguitas como alfiletero.
c) Club de los Chicos Bonitos: son bellos, y nadie les puede negar que son la última chupada del mango. Son los “playboys del barrio”: usan aretes, raya para a un lado, son feministas y siempre le buscan conversación a una chica con un romántico: “¿Qué hay, flaca…?”
d) Club de los que guardan la cabeza de sus mejores amigos: presidente, Shinji Ikari; vicepresidente, Kamui. Hacen paseos y excursiones. Y si quieres formar parte, sólo córtale la cabeza a tu amigo más cercano e inscríbete (pero primero pídele permiso).

El otaku del futuro: ha regresado al presente para informarnos de la grave amenaza que ocurrirá en nuestro tiempo. Unos androides aparecerán en una isla cercana a la ciudad del oeste a las 10 y 30 de la mañana y… ya saben todo el rollo.

Los tardones (a pedido de una socia del primer grupo, si alguno se siente ofendido, quéjense con ella): inocentes miembros que, por malas jugarretas del destino, han llegado tarde a todas las reuniones de su grupo excepto una, el mismo domingo que curiosamente ningún conocido cumplía años el día anterior y que una suficiente lucidez -por la ausencia de alcohol en el organismo- les concedió la gracia de diferenciar una combi que se dirigía a la Huaca China de otra que iba por la Av. Arequipa. O que con excusas como “se le pinchó una llanta al burro”, “se olvidaron el pasaje”, “quisieron pagar universitario el domingo”, “el chofer era bizco”, “era domingo”, “son flacos”, “el día estaba nublado” (¿mencioné que era domingo?), quieren evitar responsabilidades posteriores. Y para colmo, además de olvidar sus papeles para constatar que existen en el club, quieren pasar casi de inmediato para no perderse el primer capítulo de la proyección. Y si no lo ven, le echan la culpa al encargado y exigen que lo repitan. Los tardones que tienen el coraje (por no llamarlo con… ciencia) de admitir que lo son aún tienen posibilidades de cura: deberán buscarme urgentemente para darles el tratamiento respectivo (con electroshock).

Las parejas: sobrehormonados tórtolos que quieren darse el gusto de sacarle filo a la herramienta a plena luz del día con los 998 socios restantes, invitados y demás rajones presentes, de quienes esperan les hagan barra en su entrenamiento previo a la pelea por el campeonato mundial, que tendrá al pasto del parque como lona y al serenazgo de réferi. Lo hacen inconscientemente, no para provocarnos hipócritas reacciones puritanas como “mira a esos desvergonzados”, o “dios mío, en qué mundo estamos”… No. Lo hacen para que les demos aliento, con frases como: “sigue así, Pepe, ya llegas”, “no, más a la derecha”, “yo tengo fe en que José Antonio lo va a lograr, yo tengo fe…”. Chicos, está bien que les guste el shoujo, pero no exageren. Qué envidia.

Los rajones: intelectualoides que no tienen otra cosa que hacer que jorobar la paciencia a otro cuadrúmano como ellos. Esos que dibujan y vienen en pares son los peores. Hacen del raje su forma de vida, a costa de que la enamorada -que no sabe qué diablos le encuentra al asunto de divertido- los plante. Sus notas ya parecen hemorragias y sus neuronas les piden chepa, pues ya no aguantan trabajar hasta feriado.

Los contrabandistas: especialistas en el arte de pasar cosas para ofrecerlas al mejor postor a bajos precios y así hacer quebrar a la empresa por ganancias no adquiridas. Sus modalidades cambian según el sexo de la persona: las mujeres envuelven el cassette VHS pirata dentro de esos trapillos que causan escalofrío al más recio (porque ya se imaginan para qué son). Mientras ellos esconden las revistas hentai dentro de los libros de literatura, matemáticas y demás (como si alguien creyera que pueden estudiar estando en la reunión).

Las abusivas: féminas que ostentan en mayor grado las cosas que a los cavernícolas les gustan tanto. Licras ajustadas y escotes pronunciados son sus principales armas, que usan sin importarles en lo más mínimo provocar una ebullición hormonal en el organismo del baboso de turno que las esté mirando. O también la divagación de ideas no santas (del mismo baboso) hacia una zona geográfica específica de su cuerpo, que no es su rostro por si acaso. Qué tal par de Genkidamas.

(Este raje continuará.)

El día domingo ha llegado (3)

Y así acaba el “ciclo del Panda”. Su revista MASAKA se alegra de haberles podido ofrec… ¿Cómo?… ¿va a haber más? ¡EEEHHHHH!(pobre del hígado del editor)

Está demás decir que para este momento ya has ubicado el sitio en donde esa parte de tu “humanidad” va a estar apoyada el tiempo que dure la función. Pues bien, no sé si te habrá ocurrido que, cuando ya estás todo amoldado y tranquilo, algo te golpea de pronto en la nuca, pero no sientes dolor; al contrario, es como un rebote, un no sé qué, casi, casi… Placentero. Luego escuchas un -Disculpa amigo, fue sin querer- palabras que salen de los delicados labios de una chica visiblemente sonrojada por lo sucedido, ya que por error de cálculo rozó esa “gloriosa parte” de su “humanidad” -sobresaliente en forma estratosférica- cuando trataba de pasar impolutamente por el estrecho espacio que hay entre fila y fila para ocupar su asiento respectivo. Mi consejo para cuando te suceda esto (si eres tan piña que no te haya pasado) es, lejos de enfadarte y agredirla verbalmente, simplemente contestar -No, al contrario, gracias a ti, cuando quieras…-. En otras palabras, debes responderle como el caballero (que dices) que eres y dejar en alto (posición que hemos ocupado desde tiempos inmemoriales, tú me entiendes), el honor del cavernícola, digo, del hombre. Pero si aún estás buscando asientos, no cometas el error que cometió el amigo de un amigo, el cual -no sé si no se dio cuenta o no sabía- ocupó un espacio de la fila reservado para el sacrosanto Comité Organizador. Ese día, el pata estaba con la “cabeza caliente”, pues el día anterior le había pasado de todo: uno, rompió con su flaca (que en realidad era la flaca de otro y para ser sincero le rompieron a golpes a él); dos, lo cuadraron entre 15 por Javier Prado y lo dejaron calato por Magdalena, y tres, su vieja le dijo que era adoptado y que no lo quería. En otras palabras, el pata no estaba para aguantar pulgas chinas. Ese día, para variar, llegó tarde a su reunión, así que no tuvo más remedio que buscar hasta que encontrara lugar, y lo encontró en la fila de adelante de la mezzanine, donde todos los asientos estaban sospechosamente vacíos. Ni corto ni perezoso, se sentó en uno de ellos, sin advertir que algo raro pasaba por la expresión de los socios circundantes, como diciendo “¿Quién es este suicida?”.
Después de unos 15 minutos, una mano ya estaba golpeando su hombro mientras una taciturna y ronca voz, típica de aquellas personas a quienes la vida ha golpeado mucho -en la cara para ser más exactos- le decía: -Ése es mi sitio, amiguito-.
Su respuesta fue inmediata: -Oye, no me jorobes-.
Volvió a hablar el recién llegado: -Ésta es tu última oportunidad, te sales o…-.
Lo dijo con un tono impávido, que fue respondido con otro violento: -¿Por qué mejor no te vas antes de que te dé vuelta?-, a lo que el casi taciturno personaje respondió: -Como quieras. Seguridad, llévenselo.
Los de seguridad preguntaron: -¿Usamos la catapulta o la tortura mayor”-. -La catapulta aún no lo limpian desde la semana pasada, mejor usen la otra-. -OK-. -El castigo será profundo y doloroso-, y se lo llevaron con rumbo desconocido. Para las reuniones siguientes, él era otro; estaba como psicotizado. Desde ese día trataba de sentarse lo más lejos posible. Claro, y es que obligarlo a ver una maratón completa de los Tele Tubbies es como para volver estúpido a cualquiera.

Al terminar uno de los segmentos de la proyección vienen los intermedios, tiempo suficiente para salir a estirar las piernas, ir al baño o comer algo. Se podría decir que el 90% de la población prefiere comprar sus alimentos en el local por diversas circunstancias, tales como que se olvidaron el menjunje en casa, que la mamá cocine peor que Akane o que las chicas digan en casa que están a dieta para que la mamá no les mande nada (mientras aquí las tienen que amarrar para que no se zampen toda la salchipapa), y demás. El resto lo conforman los que no piensan gastar un miserable sol para satisfacer un capricho tan vano como comer (o sea los tacaños). Finalmente están los que tienen sus propias viandas. Entre ellos hay un grupo de los que traen su almuerzo pero no quieren que los demás sepan que han traído su almuerzo. ¿Se paltearán? Son capaces de comer hasta con sorbete por evitar que los vea alguien (arroz por arroz). Algunos fingen amarrarse el pasador y comen abajo (o sea, se amarran el zapato durante media hora). En el otro grupo están los más liberados: traen su mesa desplegable, sombrilla, mantel y florero. Ellos sí comen bien. Tú le preguntas a uno de ellos qué ha traído, y como si fuera cosa de todos los días te responde: -Salí rápido de mi casa, causa, algo simple: pollo a la pamplemousse, fondue bouguignon, huevos de codorniz con salsa chaud-froid, boeuf a la strogonoff y de postre bavarois con ambrosía. ¿Y tú?-. -Eh, yo también salí tarde, traje pan con mantequilla a la… cordonbleu… Sí, a la eso-, y ahí terminas la conversación.

Claro, tú te preguntas si todo lo que te mencionó en realidad es comestible o que desde el principio te estaba lorneando, y con esa duda en el alma te vas a llevar tu pan a la boca. Pero después viene el problema de comer rico; lo hayas traído o lo hayas comprado, todo el piso se llena de basura. A veces hay tanta, que se te cae una moneda y jamás la encuentras. Si caminas, pierdes tu taba. Encuentras de todo, desde botellas vacías hasta huesos de pollo. Los que se sientan en la última fila, como es inclinada, hacen competencia de qué bolita de Tico Tico llega primero; es increíble. Si las cosas siguen así, Sugoi pronto abrirá la primera chanchería legalizada de Lima (que competirá con las del Cono Norte y Sur; capaz les ganamos). En verdad, tenemos que ser más cuidadosos con el aseo del lugar; respetemos un poco más este colegio por más que no sea nuestra alma máter (y si lo es, más aún), que nos ha permitido usar sus instalaciones tanto para las proyecciones como para un torneo deportivo últimamente (del cual hay números cabalísticos de 9 y 1 que no voy a mencionar). Mi recomendación sería ésta: si has traído comida en un taper, trata de no dejar restos en el suelo. Del mismo modo, no dejes envolturas de galleta, hamburguesa o restos de salchipapa. Si te dan ganas de botar algo al piso, guárdalo en el bolsillo, espera hasta llegar a tu casa y así, con el sosiego de un mártir católico, lo botas en tu tacho… Es tan simple. Bueno, fin de la parte seria (ya cumplí con el editor hasta el próximo milenio).

El segundo y tercer “break” son casi iguales al primero, sólo que, después de gastar toda tu plata en el primero, tienes que decidir entre un “card” de Utena o ir caminando a tu casa, y si vives en Cerro Ermitaño invasión 164, peor aún.

Te recomiendo que para entonces ya hayas llenado tu encuesta y tengas pensado entregarla; pero llénala con cosas que valgan la pena, no con preguntas como “¿Van a pasar DragonBallGT en canal 7?”, o “¿AfiSub va a sacar Conan… el Bárbaro?”, y la última, “¿en dónde enterraron a Vargas?”… Diozu. Ah, y va también para esos graciosos que escogen el Fan Art #25 cuando sólo hay 24 en concurso. Asimismo, voy a responder al socio que pregunta qué debe coleccionar un verdadero otaku. La respuesta es simple, primero colecciona todas las salidas de Afi Sub y después ya veremos (también cumplí con el administrador hasta el próximo milenio). Supongo que ya habrás recogido tu Masaka; has tenido tres oportunidades para hacerlo.

Por último, la salida. Y como siempre lo he dicho, lo bueno no dura para siempre; el ending suena, la gente se levanta, las luces se encienden, sales al pasadizo (a entregar tu encuesta) y, después de media hora de abrirte paso heroicamente, sales a la calle. Unos se irán en taxi, otros en combi, otros no se irán, no sé; pero lo que es seguro es que todos se van satisfechos por haber visto la mejor animación que hay en este mundo. Está demás repetirles cuál es.

¿Y el susodicho? Nos olvidamos de nuestro sufrido otaku. Bien, si tienes la paciencia de esperar a que todos salgan, al final se escapará de tu vista y podrás divisarlo luego lejos en el horizonte, fusionándose a cada paso que da con el infinito cielo, directo a encontrarse con su calurosa familia que lo recibirá con un almuerzo frío, la puerta con candado, el perro que nunca lo reconoce en la calle y una pregunta en la punta de los labios: ¡¿Por qué dejaste encendida la plancha a las 5 de la mañana, sopedazo de bestia!? Pero ésa ya es otra historia.


Nota: Quiero aclarar que no he pretendido ofender a nadie (*Mentira), con los comentarios anteriores (*Falso). De haber herido alguna sensibilidad, pido disculpas (*¡Es un maldito mentiroso!). El fin de este artículo es que, al vernos, nos podamos reír de nosotros mismos (*¡Hipócrita!), ya que todos tenemos un poco de cada uno de los “casos” mencionados (*¡¡Quiere expiar culpas, no le crean!!). Pero aun así faltan más casos (*Eso sí es verdad, me consta).
* mi conciencia

El día domingo ha llegado (2)

Una nueva entrega del Oso Panda. Y más de sus “aventuras” en Club Sugoi. Cualquier parecido con personas (o socios) no es coincidencia. Es a propósito.

(Bueno, continuemos con la lista de especímenes, luego de esa brutal interrupción del cruel editor).

– Los locos hentai. No pueden faltar los que llevan polos con alusiones eróticas (tienen a Sailor Mercury en una posición muy poco católica). Si miras bien sus rostros es como si se dijeran ellos mismos: “Sí… Soy sexy, soy atrevido… Deséame”. Los reconocerás por su sonrisa media macabra.
-Los que nacieron juntos. Son los que llegan en jauría y ocupan de golpe tres cuartos de toda una fila; en un momento no hay nadie y al segundo siguiente ¡puf!, hay tres detrás de ti; te rascas la nariz y aparecen diez detrás de los anteriores; te pones tu casaca por el frío y los dos que estaban atrás ahora están adelante. En fin.
-Los samaritanos. Son los que guardan sitio para “uno” y después en el “uno” entran como treinta. Entre los mismos los encuentras haciendo círculo en la cola contándose chistes, burlándose de lo lento que es el VW rojo de su pata, comentando que es tan lento el carro que apenas lo enciendes inclina el asiento, te sirve café y te pasa una frazada para el largo camino hasta la otra cuadra (qué bueno es tener amigos, siempre lo he dicho).
-Las comadres. Si afinas bien tu oído, podrás escuchar un cuchicheo sólo imperceptible para el oído no entrenado (es decir, sordo). Pero no te asustes, son sólo las chicas practicando su deporte favorito, hablar, hablar, hablar. A continuación, te ganarás con los chismes marca “Puñalada por la espalda” : “Van la quiere más”, “No, Allen la quiere más” , “Hitomi es una babosa, no se da cuenta de que el tarado se muere por ella”, “Sabías que la nueva chapa de Janet es Lilith… porque al final todos se fusionan con ella” (chiste de Kaio-sama, ríanse).
– Los intelectuales. Analizan problemas de alto peso filosófico como qué pasaría si Goku come frijoles antes de hacer la Genkidama, o hace cuánto tiempo Hitomi no lava su uniforme (¡¡agg!!).
-Los amigos por un día. Camaradas que por razones de tiempo sólo se encuentran en las proyecciones, y durante ellas aprovechan para hablar de su vicio favorito.
-Los estrategas, que hacen mediciones geométricas y trigonométricas (calculando temperatura, presión, costo del dólar, etc.) para poder establecer su “sitio ideal”, en donde ni Margarito Machahuay, usando gorro charro, pueda interponerse entre ellos y la pantalla y desde donde puedan ser los primeros en llegar al baño (porque eso sí, cuando urge, urge, y no hay que “Espera que no sale” o “Aguanta que no lo encuentro”; son momentos en los que aflora el instinto de conservación (de los pantalones secos).

9 y 30 a.m. Bueno, aún estás en la fila cuando en eso oyes al señor Calvo alinear a la muchedumbre: A ver, en orden, hagan cola aquí los que tienen recibo y carnet, aquí los que tienen carnet sin recibo, aquí los que traen invitados, aquí los que tienen invitados con carnet sin recibo, aquí con invitados, sin carnet y sin recibo; hagan otra cola los que perdieron el carnet, aquí los que perdieron el carnet y el recibo y aquí los que perdieron el carnet, el recibo y al invitado… A ver, a ver, tarjeta dorada al otro extremo, hagan espacio para que pase la señora de la chicha, gracias. Viene un socio y dice: “Señor, yo tengo mi carnet y mi recibo, pero mi invitado no sé cómo ha entrado antes que yo y se los ha llevado”, y Calvo contesta: “Pucha, voy a tener que inventar otra cola. Hey tú, ya te vi, no te coles”; “¡Qué cosa, a mí, al “Akio” de Mirones Bajos! ¡…Are, ajo…!”.

Ya adentro, 10 y 30. Con la misma seriedad con que se toma un temblor, la gran masa humana pugna por entrar al local. Ya en el interior se revisan por seguridad mochilas, bolsos o paquetes a la mano, y ese día justo te gradúas de piña: olvidaste dejar en tu casa el puntero láser con mira telescópica que usaste para tu exposición “Formas de apareamiento de los suspiritos azules”, en la clase de pendexada artística del psicólogo WaldinskyKrolchenko. Analizando bien las cosas, tienes dos caminos: o te resignas a salir del club por las buenas (sin roche), o expones con gran elocuencia (citando a Fidel, Lenin y demás grandes hombres que haya parido madre alguna) el derecho que tienes de malograrle la vista a quien te dé la regalada gana porque para eso pagas tu plata. O también, después de algunas aclaraciones, puedes dejar en custodia el susodicho puntero y de paso dejas esa película que te prestó tu pata, ésa de la que dices: “Pero mamá, es sólo una clase de anatomía humana, me lo prestó mi amigo Alfredito”, y ella pregunta: “Ah, sí, ¿y cómo se llama?”, a lo que tú respondes con cara de inocente: “DragonPink, ma’…”.

El periódico mural ya está puesto y hay cosas interesantes, pero no puedes detenerte; tu meta es conseguir asiento lo más cerca posible de la pantalla, y es que si nadie ha prometido guardarte un lugar tienes que correr como alma que lleva el diablo. Y cuando te pones a leer el periódico mural, empiezas leyendo el editorial y terminas dándole los buenos días al portero del colegio. Lo curioso es que tu nunca te moviste; te movieron, que es diferente. Y de regreso a tu lugar, cuando se juntan los que “vienen de ida” con los que “van de vuelta”, se produce un choque de masas; tu avanzas y el de adelante te pide que retrocedas; pero hay un pata alto y con cara de pocos amigos detrás de ti, que tomaría muy mal si te le pegas demasiado, por lo que tratas de retroceder lo menos posible. Eso sí, guardar lugar está prohibido, pero si es uno solo no creo que haya tanto problema. Sin embargo, hay gente con una con…ciencia eclesiástica increíble; se sientan al inicio de la fila y dejan la mochila al otro extremo. Dice el conchudo: “Uy, lo siento choche, están ocupados”, y tú respondes: “¡¿TODA LA FILA?!.. ¿Y dónde están?”; a lo que el conchudo replica: “Eh, se han ido al baño”.

Después (ya adentro) de las respectivas palabras de bienvenida y antes de empezar la función, aparece en la pantalla, entre truenos y relámpagos, el logotipo de Sugoi, y también se da algo que se ha hecho costumbre: todos abuchean en mancha; uno grita, el del costado lo sigue y después pregunta ¿por qué gritamos?, y así. Hacen alboroto como si eso fuera todo lo que van a ver, y por menos de cinco segundos que dura se desesperan. ¿Están con prisa? ¿Ya se van? Yo recuerdo cuando en las maratones de San Marcos (ni siquiera las del club), lejos de causar lo de ahora, lo tomaban como lo que es, el inicio de algo maldito. Pareciera que fue el año pasado (diablos, sí fue el año pasado).

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Si sigue así, el Oso Panda va a estar en “vías de extinción”. Muy pronto vamos a revelar quién es, para que los socios lo puedan conocer “de cerca” (el “cruel” editor).

El día domingo ha llegado (1)

Desde esta página, dedicada a la difusión del evangelio de Waldo y la predica de su primer mandamiento, que reza “rajemos los unos de los otros”, les hacemos emocionada entrega de las Crónicas de una Reunión. El mundo no es igual desde los ojos de un otaku…

5 y 5 de la madrugada, domingo. El sol aún no sale y parece que no va a salir (hace un frío de la madre patria). Con una mochila ya gastada, un taper con chanfainita de almuerzo, una botella de Coca Cola (llena de agua) y con un carnet de socio veinte no sé cuántos bajo el brazo, se ve a un personaje anónimo (que no soy yo, por si acaso) salir de su covacha. Como todos los domingos, desde que tiene memoria, va hacia un punto que ya es conocido y casi una casa para él: el colegio Champagnat. Dirán, qué crueldad es salir de su camita caliente y tener que estar esperando (más solo que Cuasimodo el 14 de febrero) en el frío y malo paradero. Pero no, él no estaba solo. De la nada apareció una pequeña manchita de mil para hacerle compañía (claro, sospechó que algo malo pasaba cuando empe­zaron a mirarle las zapatillas y a preguntarle cuánto había costado su reloj). Éste sólo atinó a sonreír y saludar cortésmente mientras ace­leraba el paso (no por miedo, quiero aclarar, sino que recordó que ése no era su paradero). Pero corrió con mucha suerte (quince cuadras hasta que se cansaron de perseguirlo).

5 y 48 de la mañana y 19 grados Celsius. Se sube a la primera combi.

6 y 33 de la mañana. Con la misma finura con la que te reciben un billete de 20 soles para pagar medio pasaje un día laborable, el suso­dicho cayó, no del verbo “no decir nada”, sino del verbo “aterrizar”, y lo hizo de cara justo en la puerta del colegio. Curiosamente no fue el único; otros masoquistas como él habían llegado antes, claro que tenían la mirada fija hacia el horizonte y no respondían a los saludos que se les daban. No les dio importancia, aunque parecían estar en un estado cata­tónico semejante al que te produce la acu­pun­tura china, ver a tu profesora de nido sin ropa (fue accidente lo juro) o el escuchar en la puer­ta de tu casa por 3 horas el sermón de un evan­gelista -que entre palabras de “salvación” y “pecado” no sólo te insta a cometer suicidio sino también a desempolvar tu Biblia y refu­tarle en su cara el dogma desde el evangelio según San Waldo hasta el de San Luis, pasan­do por las demás aguas minerales.

7 y 34 de la mañana. Después de enseñar al serenazgo tus papeles 20 veces y jurarles por las once mil vírgenes que no eres ni terrorista ni maniático sexual, se ven las primeras seña­les de vida inteligente, ¡Ah no!, eran sólo un par de reporteras de “El Comercio”. Pido disculpas.

8 y 3 de la mañana. La gente está empezando a llegar y el ambiente ya se presta al diálogo. Aunque nunca antes se hayan visto, no se conozcan, no sepan quiénes son o quiénes fueron antes de la cirugía, todos ellos tienen algo en común: quieren disfrutar de la mejor animación que hay de este lado del hemisferio. Éste es el momento en que puedes dar con los diferentes tipos de otaku que hay.

Entre ellos, menciono los más significativos:
-Los detallistas, que no andan con rodeos y van directamente al grano sobre temas con­cretos. Si tratan de modelos de Valkyries, hablan del tipo, peso, número de serie, año de construcción, etc. No se preocupan de saber quién mató a Kaji sino qué desayunó el ase­sino esa mañana. Lo demás es secundario.
-Los saurios, piezas de arqueología dignas de estar en un museo, sin mencionar su olor a manga guardado. Los reconocerás porque siem­pre inician una frase así: “Déjame recordar….”.
-Los intocables. No son de este mundo pero se han dignado a bajar al nuestro. Ellos no pre­ten­derán hacer nada más que ver la “función”, y tratarán de evitar, sobre todos los medios, el contacto físico con otros seres (porque les da roncha). La institución les importa un pepino sue­co. Piensan que “camaradería” es una pa­labra de 11 letras que no significa gran cosa. Si les preguntas qué opinión tienen de tal o cuál te responden con un gesto incomprensible y te dejan hablando solo. Si por ellos fuera, nadie, exceptuándolos, tendría el derecho de entrar con cabeza al club para no estorbarles la vista a la pantalla. Del mismo modo, se mo­lestan contigo si haces un ruido tan exagerado como pestañear, tomar agua o rascarte una oreja. Por suerte esta especie está casi extinta.
– Los muy amigables. Si los anteriores caen mal, éstos sí dan miedo. Sólo necesitas pre­gun­tarle la hora para que te cuente hasta del callo que le sacaron la otra vez a su abuelita. Es como abrir la caja de Pandora mientras los miras hablar (porque hay un momento en que ya no hablas, sólo escuchas). Entre respuestas casi reflejas, te preguntas mentalmente: “¿Cuándo vas a callarte? ¿Será humano? Hace media hora que estoy mirando para otro lado, ¿no entiendes indirectas, verdad?” (en momentos como éste, a uno se le cruza por la mente cosas como que la eutanasia no debe ser tan mala después de todo).
-Los recontrafanáticos. Tú crees que eres afi­cionado y ellos te hacen ver tu realidad. Se identifican mucho con su personaje favorito. Por ejemplo, recuerdo en una maratón a una púber con bolitas en el cabello a lo Sailor Moon (aunque me gustaría ver en las reu­niones a las ya creciditas, a lo KekkoKamen)…

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Nota del editor.- Al igual que a Waldo de SUGOI, al Oso Panda no se le puede dar toda la revista para que raje de nosotros. Pero paciencia, que este raje… continuará